La foto que se volvió prueba de vida
“Esa foto permitió saber a nuestras familias que estábamos vivos”, recordó el excombatiente Saúl Pérez al evocar una de las imágenes más emblemáticas del conflicto del Atlántico Sur en 1982.
La escena muestra a un grupo de conscriptos sentados, concentrados en la lectura del diario Crónica, en las inmediaciones del aeropuerto de las islas. Capturada por Farré —una de las figuras clave del equipo de reporteros gráficos de Télam—, la foto se convirtió con el tiempo en un testimonio poderoso de la vida cotidiana en el frente, antes del avance británico.
En un contexto marcado por la censura y el control informativo de la dictadura encabezada por Leopoldo Galtieri, el equipo de fotografía de la agencia estatal fue el único autorizado a trabajar en el terreno desde el desembarco hasta la rendición. De allí que gran parte del archivo visual de la guerra lleve la firma de sus reporteros, entre ellos Farré, Román von Eckstein y Eduardo Navone.
Más que una postal, aquella imagen funcionó como una señal vital. La comunicación con el continente era escasa, irregular, muchas veces inexistente. Las cartas tardaban días —cuando llegaban—, y el silencio se volvía una carga insoportable para las familias.
“Gracias a esa foto, mi familia y la de mis compañeros supieron que estábamos vivos. Yo estaba leyendo y ni me di cuenta del fotógrafo, pero otros sí lo vieron y empezaron a gritar emocionados”, rememoró Pérez desde su casa en Merlo.
Integrante del Regimiento de Artillería de Mercedes, situó la escena en un momento de espera: “Estábamos al costado del aeropuerto aguardando la llegada de Galtieri. Con la comitiva llegaron los diarios y las revistas”.
El gesto de tomar Crónica no fue casual. “Me hacía acordar a mi viejo. Trabajaba todo el día y siempre compraba ese diario”, explicó. Y agregó, con una mezcla de nostalgia y crudeza: “Me fui directo a Deportes. El diario no podía contar lo que yo ya estaba viviendo. Ni miré el título de tapa”.
Con los años, la reflexión sobre el rol de los medios se volvió inevitable. “Cumplieron un papel importante; pero en una guerra en dictadura, la primera víctima es la verdad”, señaló. Las restricciones eran absolutas: “Las Fuerzas Armadas decidían qué fotos y qué notas se podían publicar”.
También aparece la pregunta por lo que no fue: “Si hubiéramos tenido celulares, se habrían mostrado las condiciones reales en las que luchábamos. Y también habría servido para sostener el ánimo, para sentir cerca a la familia”.
El propio Farré relató en distintas entrevistas las dificultades del trabajo en las islas: los militares requisaban rollos, filtraban imágenes y limitaban los movimientos. “Nos dejaban pasar sólo lo que les servía”, explicó alguna vez. Muchas fotos nunca vieron la luz.
Aun así, el hambre de imágenes era enorme. La prensa internacional buscaba cualquier registro que rompiera el cerco informativo. En Buenos Aires, los corresponsales extranjeros llegaban a pagar sumas elevadas por una foto que permitiera asomarse, aunque fuera un instante, a lo que realmente ocurría en el frente.
Décadas después, aquella imagen sigue diciendo más de lo que muestra: no sólo soldados leyendo, sino jóvenes aferrados a un hilo de normalidad en medio de la guerra, y familias que encontraron en un papel impreso la certeza más urgente.
En esa historia también resuena el destino reciente de la propia agencia que la difundió. En 2024, el Gobierno nacional dispuso el cierre de Télam, poniendo en pausa una trayectoria de casi 80 años. Su archivo —con piezas como esta fotografía— permanece como testimonio de momentos clave del país y como recordatorio del valor del periodismo, incluso en los contextos más adversos.