martes 14 de abril de 2026

Qué dice la psicología sobre quienes crecieron en los 60 y los 70

Un análisis psicológico revisa las características de quienes vivieron su infancia hace varias décadas y encuentra el origen de la resiliencia y una tolerancia a la frustración poco frecuente hoy: no nació de una crianza ideal, sino de la necesidad de arreglárselas solos.

Qué dice la psicología sobre quienes crecieron en los 60 y los 70
martes 14 de abril de 2026

Hay generaciones que se moldean en silencio, sin manuales ni advertencias. Quienes atravesaron su infancia en las décadas del 60 y 70 construyeron, casi sin proponérselo, una fortaleza emocional que hoy despierta el interés de la psicología.

Lejos de esquemas de crianza planificados, crecieron en un contexto donde la autonomía no era una elección, sino una condición. Pasaban horas sin supervisión adulta jugando en la calle, resolvían conflictos cotidianos por su cuenta y tomaban decisiones sin red de contención inmediata. Lo que hoy podría interpretarse como descuido, en aquel entonces formaba parte de la vida diaria.

Aprender a sostenerse solos

Especialistas coinciden en que esa falta de intervención constante fue clave para el desarrollo de habilidades fundamentales. Resolver problemas, tolerar la frustración y regular las propias emociones no eran objetivos educativos: eran herramientas de supervivencia cotidiana.

Volver solos a casa, enfrentar discusiones sin mediadores o simplemente lidiar con el aburrimiento sin estímulos digitales fueron experiencias que forjaron lo que hoy se define como resiliencia psicológica. Este fenómeno se vincula con la llamada “inoculación al estrés”: la exposición a dificultades moderadas fortalece la capacidad de adaptación en el largo plazo.

Un contraste con el presente

El escenario actual es muy distinto. Las infancias de hoy suelen transcurrir en entornos más estructurados, vigilados y protegidos, donde los adultos intervienen con rapidez para evitar el malestar.

Si bien esta transformación responde a una mayor conciencia sobre el cuidado, algunos análisis advierten un efecto colateral: la reducción de experiencias desafiantes podría limitar el desarrollo de habilidades emocionales esenciales. Sin obstáculos reales, disminuyen también las oportunidades de aprendizaje autónomo.

La otra cara de la fortaleza

Sin embargo, esa resistencia construida en soledad no está exenta de costos. Muchos adultos de esa generación presentan dificultades para expresar lo que sienten, pedir ayuda o reconocer su propio sufrimiento.

La misma lógica que los empujó a resolver todo por sí mismos también puede derivar en una tendencia a minimizar problemas personales o reprimir emociones, con impacto en su bienestar a largo plazo.

Una pregunta abierta

El debate que surge es tan actual como incómodo: ¿se puede formar personas emocionalmente fuertes sin exponerlas al malestar?

Las miradas coinciden en un punto: el equilibrio parece ser el desafío. Ni la dureza extrema del pasado ni la sobreprotección del presente ofrecen respuestas completas. Porque la resiliencia, al final, no se transmite como un consejo: se construye en la experiencia.

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